Villa Cerro Castillo: Esas costumbres camperas

En el punto más alto de la Carretera Austral, en el sur de Chile, está Villa Cerro Castillo, al pie de una montaña cuya forma semeja la de un castillo medieval. Sosiego, corderos asados al palo, una fiesta costumbrista y un concurso de mentirosos. La camioneta detiene su marcha en el arco de entrada a la Comuna de Río Ibáñez y luego enfila hacia Villa Cerro Castillo, un pequeño pueblo rural. Algunos manchones de nieve, los primeros de un invierno que presagia fríos intensos, salpican la Cuesta del Diablo y en el horizonte desolado la montaña se perfila nítidamente. En el camino se ven las casas de madera, con techos de tejuelas y el humo gris de los troncos crepitantes que escapa por las chimeneas. La madera es el combustible principal y más caro de esta comarca, cuyos habitantes necesitan unos 20 metros cuadrados para pasar el invierno.

 

Ya estamos transitando por la Reserva Nacional Cerro Castillo, el lugar donde se posaron los glaciares milenarios y cuyos senderos los abrieron los colonos para trasladar el ganado. Senderos que ahora conforman el circuito turístico de esta reserva de 180 mil hectáreas.

Al salir de la Cuesta del Diablo un camino se desvía hacia Puerto Ibáñez, la capital de la comuna, famosa por sus artesanías. De allí parten las barcazas que navegan por el Lago Carrera hasta la ciudad de Chile Chico, localidad cercana a Los Antiguos, en Argentina.

Villa Cerro Castillo fue fundada hace 46 años, en 1966, y tiene el privilegio de ser el pueblito donde se fusiona lo antiguo y lo moderno de la XI Región de Aysén. Allí no sólo termina el pavimento y comienza el ripio; también es el sitio donde el viajero siente que comienza la aventura patagónica. Para nosotros la aventura comenzó cuando atravesamos la tranquera de Turismo al Galope "La Araucaria" y llegamos hasta una gran pagoda de madera y a dos domos hechos con un material tan blanco como rígido. Estructuras de diseño futurista con cúpulas en forma de media esfera. Raro, muy raro ver estos domos, a los que los antiguos griegos llamaban "la gran morada", en estas latitudes.

Las blancas siluetas de los albergues remiten a los nómades de Asia y a los mercaderes de China. Pero allí está Marcia, la dueña del emprendimiento familiar, quien se acerca escapándole a la lluvia que ya cae con fuerza. Viene de espiar las tres colmenas que le proporcionan la miel que vende. Nos explica que instalar los domos como albergues fue más económico que cualquier otro tipo de construcción.  "Uno de ellos --cuenta-- tiene 10 camas cucheta y el otro 8, colocadas en torno de una salamandra a leña".

Uno tras otro.

Mientras entramos a la pagoda nos dice que, un día, un grupo de mochileros israelitas llegó desde Bariloche, por el paso cordillerano Huemules. Instalaron sus carpas en el camping --los domos aún no estaban-- y se enamoraron del lugar. Después llegó otro contingente y otro más. Marcia supone que fue el tan mentado "boca a boca" el que convirtió a "La Araucaria" en destino preferido de estos turistas que buscan aire puro y horizontes anchos. Lo cierto es que la familia sabe cómo acercar a los viajeros el profundo aislamiento de la Patagonia, haciéndolo con seguridad, el mayor confort posible y una cálida hospitalidad.

Y, también, descubrir para ellos los atractivos ocultos en la Reserva Nacional y compartir sus tradiciones. En la pagoda hay un metegol muy viejo y del techo de vigas oscuras cuelgan varias botas que saben llenarse de buen vino. Una mesa grande, pieles por aquí y por allá y una chimenea con troncos abrazados por el fuego. Cerca de las llamas, nutriéndose, un cordero al palo casi listo. Allí está Claudio Sandoval, autor del asado patagón y domador por gusto y naturaleza, una destreza que lo atrapó desde muy chico, "más o menos a los 8 años, cuando domé a una yegua petisa". "Todo es cuestión de mañas", admite el hombre, que realiza esa tarea más o menos en un mes, en un espacio pequeño, para que el caballo confíe en sus caricias y termine aceptando la cincha.

"Hay que comenzar la doma a los 2 años y medio, tal vez 3, pero no más", confiesa.

 

Las huellas del pasado.

Más tarde nos encontramos en la plaza, junto al Monumento al Mate, con Nibaldo Calderón Villagrán, quien recordó los hallazgos realizados desde 1966 por el arqueólogo, antropólogo e investigador Luis Felipe Bate.
En la vieja morada de los tehuelches Bate descubrió El Paredón de las Manos, que, se presume, fue un sitio de ceremonias y rituales, con pinturas hechas con la mezcla de óxido de roca y grasa.
Nibaldo lo reconoce como su maestro y dice que "por él me convertí en guía de arte rupestre; un guía que no se guarda lo que sabe, que lo comparte".

El Paredón muestra estrías que señalan la dirección en que fluía una pesada masa de hielo que cubría el valle, de más de mil metros de espesor. Se entra por una vieja huella de carretas, flanqueada por las paredes de piedra que dejaron viejas erupciones volcánicas.

Nibaldo también instaló un hospedaje turístico, pero dice que "aún no se vive del turismo, que se limita a enero y febrero", aunque afirma que "trabajamos para que la gente se detenga en este pequeño pueblo de no más de seis cuadras, que tiene una vuelta del perro cortita, pero linda".


En Villa Cerro Castillo la gran diversión es la televisión; en el pueblo no hay cine ni tampoco un club social.  Aún hay tierras vírgenes, un cementerio indígena y ninguna respuesta para las manos pintadas en el gran alero. Pero los tiempos modernos acercaron Internet y, una vez al mes, un curita viene de Coyhaique para aliviar las almas de los montañeses.

Festivales costumbristas

Villa Cerro Castillo se destaca por difundir y rescatar las tradiciones campesinas, en especial durante el Encuentro Costumbrista que se realiza todos los años, el último fin de semana de enero. El encuentro es un homenaje a los pioneros y también la oportunidad de exponer y vender artesanías, admirar las jineteadas, la doma, los rodeos y otras destrezas criollas; comer el Asado Popular de corderos y chivos al palo y divertirse en el Gran Baile Campesino.

En esos tres días se lucen los que tocan el acordeón, es decir, "la verdulera"; gente que nunca estudió música pero que maneja el instrumento a pura intuición, interpretando corridos, rancheras, milongas y chamamés.

Unas 5 mil personas suelen llegar a la Villa para esta fiesta y, también en febrero, cuando se realiza el Concurso de los Mentirosos, donde hombres y mujeres se sacan chispas para engañar a la concurrencia, con relatos que parecen verídicos pero que son mentirosos.

TIPS
Dónde está

Villa Cerro Castillo está en el kilómetro 110 de la ruta 7, la Carretera Austral. Tiene 480 habitantes y la ganadería es la base de su economía.

Distancias

De Coyhaique, la capital de Aysén, Villa Cerro Castillo está a 95 kilómetros.

Para disfrutar

El Cerro Castillo, de 2.675 metros de alto, tiene ventisqueros y glaciares. Sus principales senderos son Laguna Chiguay, para caminatas cortas; Estero Parada, que llega al llamado Campamento Neozelandés, y Valle de la Lima, de 45 kilómetros.

 

Fuente: www.patagoniatips.cl

Publicado el 06/08/2012 por Nicolás Sánchez Grez